Artesanía toledana

Toledo es tierra de artesanos, de talleres que pasan de padres a hijos y de generación en generación para ofrecernos maravillosas obras de arte, de gran belleza y muchas de ellas de gran valor.
Quizá los productos artesanos más conocidos de la ciudad son las espadas y el mazapán, a los cuales hemos dedicado un capítulo aparte. Pero su artesanía no termina aquí. A continuación hablamos de otras artesanías que se realizan en la ciudad desde antaño y cuya fama también ha traspasado nuestras fronteras.
El damasquinado
El damasquinado es una preciosa ornamentación que data de muy antiguo. Es una labor que realizaban ya los antiguos egipcios, así como los griegos y los romanos. Se extendió al imperio bizantino, lugar donde alcanzó su máximo auge y de donde llegaban las piezas más elaboradas y más valiosas, lo cual dio origen al nombre por el que lo conocemos actualmente, y que procede de la ciudad de Damasco.
Durante una época, el damasquinado se extendió por todos los países del mundo, de manera especial durante el tiempo de esplendor de las armaduras, espadas y sus complementos, hacia el siglo XV, empezando luego su declive al mismo tiempo que las armas de fuego iban ganando terreno. A partir de entonces, el damasquinado podemos decir que quedó relegado a la joyería y orfebrería, siendo Toledo la ciudad en la que se hacen la mayor parte de piezas, algunas de ellas muy valiosas. Se sigue realizando esta labor de forma totalmente artesanal, en los talleres familiares donde la profesión pasa de padres a hijos y de generación en generación. Una gran cantidad de las obras que salen de los talleres toledanos son preciosas obras de estilo mudéjar o renacentista, aunque es destacable que se realizan asimismo obras que podríamos calificar de “nuevas”.
El damasquinado es una técnica que consiste en hacer unos surcos en un soporte de metal, como el hierro, el acero o el bronce. En estos surcos el artesano va introduciendo hilos de oro y de plata, hasta conseguir el dibujo que quiere realizar, con unos resultados asombrosos y de gran belleza.
La cerámica
Toledo destaca también por la elaboración de sus preciosas obras de cerámica, auténticas obras de arte cuyas técnicas debemos a los musulmanes, y que debemos agradecer asimismo a los mudéjares españoles, los cuales llegaron a desarrollar técnicas que todavía usamos hoy en dìa, como el vidriado plumbífero, el alicatado o el reflejo metálico, y que tanta belleza otorgan a las creaciones hechas con ellas.
En la ciudad de Toledo se hacen piezas de cerámica desde el siglo XI. Son mil años realizando hermosas piezas como jarras, cántaros, fuentes, botellas, candiles y objetos similares, así como ornamentando los espacios públicos y edificios de la ciudad, en los que vemos muestra de sus azulejos y cerámica por todas partes, consiguiendo espacios de gran interés y belleza como es el caso de los patios toledanos.
Una de las técnicas más abundante en la ciudad es la de la cerámica con efectos metálicos, cuyo resultado es espectacular.
La madera
La madera es otra de las materias primas a partir de las cuales los artesanos toledanos crean verdaderas obras de arte. Los muebles toledanos, sus sillones, sillas, mesas, puertas y otros, son famosos por su belleza y calidad. Sin embargo, en este apartado hemos de destacar dos objetos cuya fama ha traspasado fronteras: el bargueño y la silla toledana.
El bargueño es el mueble típico de Toledo por excelencia, y se fabrica desde el siglo XVI. Se trata de una especie de armario transportable, con asas a los lados para poder moverlo con facilidad. Una de sus características es el contraste de su exterior, casi sin adornos, con un interior lleno de ornamentaciones de vidrio o hueso. En cuanto a la silla toledana es conocida por todos, es la típica silla con el asiento elaborado con anea, una planta muy usada por los artesanos.
No podemos olvidar tampoco sus preciosas tallas de madera, una técnica decorativa con resultados espectaculares. En los talleres toledanos se usan maderas de gran calidad para ello, básicamente el nogal, el roble, el boj, el olivo, el abedul y el pino rojo, que además deberán estar perfectamente secas y sanas a la hora de trabajarlas para garantizar la calidad y el perfecto acabado de la obra.